La sensación de estar arropado por oscuridad completa, una que llega a estremecer hasta los huesos y que lastima los ojos. Flotando, anclado al suelo mientras las extremidades se desvanecen en el implacable vacío. Un estado de conciencia que palpita en ecos indescifrables mientras los minutos se pierden en un espacio atemporal.

Ser parte de todo y a la vez de nada. Existencia pura.

MANTRA Viscera Vicarious

Mantra – Viscera Vicarious

Así terminó el 2016,

con reflexiones que navegaban los óleos de amanuenses que, con grilletes en ambos tobillos, retrataban ciudades distópicas de oro y espejos bronceados donde el hombre cabalgaba sobre broncos de piel reptil en llanuras de ceniza y tormento. Una nueva vuelta al sol que estaba por iniciar y me invitaba a replantear los senderos que quedan por caminar. Un nuevo año donde el enfoque frente al espiral de la vida pasaría a un lente distinto.

Y es que para partir, el microcosmos que habitamos se ve influenciado por aquellos movimientos estelares y causan un impacto en distintos niveles en cada uno de nosotros, ya sea porque los átomos con los que estamos hechos son los mismos que conforman el universo entero o como alguna vez los griegos se plantearon, por medio de la observación tratamos de buscar una explicación filosófica racional al orden de todas las cosas. Sea cual sea la raíz a las preguntas existenciales del hombre, una se comparte al unísono y es la absoluta realidad de que cada uno de nosotros en algún punto (en su mayoría desconocido) dejaremos de existir. Lo que sea que nos depara del otro lado del túnel se lo dejo al criterio y reflexión de cada lector. Por el momento, y en vista que se acerca el fin de un año solar juliano he tomado mi bloc de apuntes y he empezado a garabatear con cuenta gotas los trescientos cincuenta y seis días pasados y a dejar en vitrina los que están por llegar. Algo me ha quedado claro en el proceso, la teoría de la relatividad y la idea del multiverso se infusionan sutil y naturalmente con los campos divinos expresados en aquello que llamamos fe. Esas cuerdas invisibles que tiran y aflojan vibran constantemente para recordarnos en el fuero más íntimo y en ocasiones inconsciente que nuestra verdadera naturaleza se expande infinitamente más allá del cuerpo que habitamos, aquel, que nos permite usarlo como vehículo de aprendizaje y a su vez, homologando a un extranjero en tierras lejanas, como medio de comunicación e interpretación del plano físico. Y es que pareciera que la dualidad mente-cuerpo se la lleva como una medalla de guerra en la solapa, con todo lo que eso implica. Por un lado, nos llena de distinción y nos define como especie y por el otro, invoca constantemente a la sombra, al vacío inherente que llevamos grabado en la doble hélice. Desde nuestros ancestros, la chispa que alguna vez iluminó la mente y el espíritu humano en cavernas oscuras y frías nos ha servido de catalizador para pensarnos más allá de la supervivencia, más bien, en función a la capacidad biológica y energética que poseemos.

Como si se tratara de una tragicomedia, somos, en este planeta, la única especie que se reconoce de manera individual y que tiene conciencia de su propia existencia y como consecuencia de la misma de su propio fin. Un reflejo del macrocosmos expresado en cada uno de nosotros, en un extremo, la dimensión física y finita de las cosas y en el otro, una dimensión metafísica que cohabita como un pasajero silencioso. No es de extrañar entonces, que a lo largo de la historia el ser humano haya dedicado todo su esfuerzo y capacidad en comprender dichos planos y de alguna manera tratar de escapar (sin éxito) a las leyes naturales. Ejemplos de tal  búsqueda y deseo los podemos observar a lo largo del globo representados directa o indirectamente en cada esfuerzo del hombre por dejar su huella en la historia y trascender más allá de su propia existencia física, desde las colosales ciudades y monumentos, pasando por los pasajes de grandes obras literarias y filosóficas, en aquellos pincelazos eternizados de los grandes maestros, y en las notas musicales de composiciones épicas; en los viajes espaciales, en el desarrollo de la ciencia y tecnología. Hasta llegar al individuo sentado en la banca de cualquier plaza que, en atardeceres otoñales, reflexiona en silencio sobre su propio ser. Y es que después de todo, en lo más recóndito de nuestra conciencia colectiva e individual nos aceptamos como parte del espíritu universal que habita todas las cosas, alfa y omega.

A tan solo escasos nueve días para volver a re capitular una de las fechas más significativas del año, me encuentro meditando sobre esas páginas escritas. Pareciera que la atmósfera se cargara de un aire viciado, como si las manecillas del reloj en cuenta regresiva marcharan al ritmo de sirenas de guerra que anuncian a lo lejos la llegada de un bombardero.

Es inevitable entonces no verse contagiado por la marea de emociones que aquello conlleva, muchos podrán identificarse con la idea de que existe un cierto hechizo a nivel psicológico, y en ciertos casos hasta espiritual en cualquier evento que nos desnude ante la inminencia del cambio, del fin. No es de extrañar que el ser humano, por ejemplo, se regocije de una manera masoquista en acontecimientos descritos simbólica o literalmente en los pasajes de las incontables profecías apocalípticas.

Entonces, independientemente de las alegorías culturales modificadas para hilvanar las tradiciones en distintas regiones del mundo, el treinta y uno de Diciembre me hace pensar, como lo dije anteriormente, en aquellas primitivas cavernas oscuras donde alguna vez nuestros antepasados encendieron una primera llama y articularon así, a uno de los elementos naturales con mayor peso en los rituales a lo largo de la historia. Y en consecuencia de aquello, forjaron las bases para la construcción de los puentes hacía todo lo que conocemos, hacia nuestra propia existencia. Cogito Ergo Sum. I Think, therefore I am.

De acuerdo a lo anterior, el mérito del rito no termina en la continuación de las tradiciones, más bien son portales con el potencial de modificar los distintos niveles de la psique humana en beneficio del fortalecimiento de nuestras raíces y al brote fértil del fruto de nuestra verdadera naturaleza. De ahí la importancia de una de las prácticas más comunes y populares en estas fechas. La quema del querido “viejo” en compañía de aquellos seres queridos se relaciona simbólicamente a la búsqueda de la expiación por medio del fuego con el objetivo de eliminar todo aquello que se interpuso en el camino y más aún, del renacer como fénix a nuevos y mejores días. Ya lo dijo en su momento Eugenio Trías, “En esta vida hay que morir varias veces para después renacer. Y las crisis aunque atemorizan, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra”

Y así va terminando el 2017,

con días que ahora son observados a través del lente de un caleidoscopio y me recuerda todas esas batallas ganadas pero principalmente aquellas perdidas. No queda mucho más que afianzarse con todas las fuerzas a lo esencial de la vida y aprender a dejar ir todo ese sobre equipaje que ralentiza nuestro viaje. A mantener cerca a esas personas que, como parte de la tripulación de un viaje espacial, son fundamentales en el día a día y hacen de esta aventura algo digno de compartir.

Mientras se acerca la hora señalada, concienciemos sobre los elementos a usar en el ritual de fin de año, en la importancia de los mismos y aprovechemos cada instante que se nos presenta para ser una mejor versión del reflejo personal que va quedando en el pasado. Saludemos con la humildad que corresponde a esos satélites distantes que orbitan el vasto universo y que por los eones del tiempo han sido testigos de una especie primitiva y a la vez llena de luz que busca incansablemente su justa ascensión. Un feliz y próspero viaje a todos.

El vaso medio lleno (o medio vacío), hielos hasta el borde, un cigarrillo que ilumina tenuemente la comisura de mis labios y música, mucha música.
A menudo me encuentro frente a frente con la sombra de un presagio que deambula por las tintas de un sueño. Uno donde el manto inmaculado del cielo estrellado es rasgado por veloces bólidos envueltos en llamas que se precipitan sin remedio contra la tierra.
Titanes emergiendo de entre las nubes cubiertos de vestiduras livianas que seducen al viento. Tal espectáculo apocalíptico sería una perfecta postal, la última postal de todas. Y bueno, de seguro que este tema sería la perfecta banda sonora.
Para quienes no podemos concebir el tiempo y el espacio sin el acompañamiento musical que nos lleva en volandas sobre las ideas y emociones, comparto un tema que me ha acompañado en incontables momentos y que ha aportado con dosis potentes de energía. En lo personal, he dividido mis referentes musicales por época y relevancia como si se tratara de un antiguo panteón pagano.
En este caso, NIN y en especial Trent Reznor, como de costumbre, hacen que se me erice la piel con su versión en vivo de Just Like You Imagined acompañado de Mike Garson. Los invito a cerrar los ojos y a fundirse en este espectacular paisaje.