Pensar en eso era algo prohibido. Una especie de tabú.

De niño, cuando escuchaba hablar sobre ese tema, los tonos de voz denotaban que era un asunto que se lo debía tratar con pinzas. Recuerdo preguntarle a mi padre sobre la razón por qué cuando se tocaba ese asunto, todas mis tías ponían cara susto y de una supuesta ignorancia al mismo tiempo, en una clara actitud curuchupa.

En mi familia me hicieron ver que ese asunto era algo de gente sin escrúpulos. Que buscaban satisfacer necesidades básicas y no tenían una noción de la ética.

Me di cuenta que era algo que mucha gente lo hizo pero que lo tenía que esconder. No lo podían gritar a pecho abierto que lo hicieron y que fueron felices de hacerlo. Había un cierto secretismo y misterio alrededor.

Cuando entré a la secundaria, empecé a ver que los chicos de 6to curso hablaban abiertamente del tema e incluso contaban historias alrededor de estas aventuras. Cómo lo habían hecho a escondidas de sus padres, pero que por más peligro que hubo alrededor, valió la pena. Los observaba y realmente los empecé a ver como a ídolos que habían vivido esa aventura.

Me encontraba en plena adolescencia y como era normal, la curiosidad sobre todo lo que rodeaba ese tema me envolvía. ¿Cuál es el placer que todos que lo experimentan lo hablan? ¿Dolerá? ¿Es peligroso?

Busqué múltiples formas de poder experimentar esa primera vez. No sabía cómo hacerlo, porque tenía que manejarlo de forma totalmente confidencial. Creí que teniendo una actitud cool o inhibida, podría conseguirlo. Sin embargo, un día un primo me dijo. “Loco, pero solo tienes que ir a un lugar donde lo puedes hacer, pagas y listo.» Ahí me enteré que había una forma relativamente sencilla de poder hacerlo y que si conseguía algo de dinero, podría al fin lograr mi objetivo. Al fin podría ser ese hombre, como los chicos de 6to curso que tanto admiraba.

Logré levantar la cantidad de plata que requería. Averigüé cuál era un sitio decente y limpio donde podría hacerlo por primera vez. Tomé un taxi y llegué a una zona de la ciudad que se caracteriza por estar llena de bares, restaurantes y clubs nocturnos. No podía negar que tenía muchos nervios, a pesar que aparentaba estar tranquilo, en control de la situación. Al fin llegué a este casa antigua, que no tenía cartel. De afuera no se podía identificar qué era este lugar misterioso y prohibido.

Di golpes en la puerta y me abrió una chica. Con una forma despectiva, me invitó a pasar y me preguntó:

“¿Buscas a alguien especial o quieres que te atienda cualquiera?”

Le respondí con una voz totalmente acaparada por los nervios que no tenía problema, que podía ser atendido por quien estuviera disponible. Me dijo que tenía que pagarle por anticipado, así que le entregué el dinero que había conseguido durante algunas semanas. Me pidió que la siga hasta un cuarto. Entramos y me pidió que me acueste, que ya vendrían a atenderme. De repente entró una mujer, que debía rondar los 35 años y observó mi evidente nerviosismo. Con cierta ternura me dijo:

“Tranquilo pelado, que nada te va a pasar. Te voy a tratar con mucho cariño. Ya vas a ver”.

Y así sucedió. Así fue que me hice mi primer tatuaje.