Hace cuatro años, mientras Alemania destruía al equipo brasileño en semifinales con el glorioso 7 a 1, Gabriel Jesús pintaba calles en Sao Paulo. Hoy, en octavos de final del Mundial Rusia 2018, Gabriel Jesús brilla en los titulares de la prensa internacional.

Este tipo de historias he escuchado desde que nací. De esos hombres que logran convertirse en los mejores del mundo. Siempre hombres, siempre futbolistas. Como Gabriel Jesús, como Ronaldo, como Ronaldinho. Pero no de Maradona, porque nunca nos ha interesado realmente Maradona más allá de sus goles.

Mi familia encuentra su balance sobre una pelota de fútbol. Cuando perdemos el equilibrio, inclinándonos hacia un lado, algo se encarga de retroceder y recuperar el peso hacia el otro costado. Y ese algo, por lo general, es una cancha de fútbol. O, en este caso, el Mundial.

Crecí en un ambiente de hombres futbolistas. Mis hermanos menores, por ejemplo, nunca vieron una película de Disney porque estaban demasiado ocupados jugando en la cancha de la casa, en el pasillo o en la sala. En el pasillo celebrábamos verdaderos partidos y en la sala se pateaban los penales.

Para las familias como la mía, el fútbol es como ese cable que va directo hacia el cielo y que tiene el poder suficiente como para arreglarlo todo, o destruirlo. Cuando pierde la Liga, por ejemplo, mi papá tiene una mala noche. Cuando, en 2002, Edison Méndez metió ese zapatazo que no pudo contener el arquero de Croacia, y corrió feliz por la cancha, nuestras vidas se sintieron un poquito más llenas.

En una entrevista, Méndez afirma que “no me canso de hablar del gol a Croacia”. A quienes nos gusta el fútbol tampoco nos cansa hablar de ese gol. Es como todos esos momentos importantes en la historia que, al ser mencionados, cada quien responde a las preguntas invisibles de ¿cómo viste el gol de Méndez? ¿Dónde te encontró el Mundial? ¿Qué pasó con tu vida después del 7 a 1 de Alemania? ¿Creemos en “cosas chingonas”? ¿Cómo te va con tu polla mundialista?

Conocí a alguien que decía que el fútbol es lo menos importante de lo más importante. Y es cierto. El fútbol remueve argumentos para hacerte creer en la suerte, o en los milagros. Y también te destruye. Te destruye completamente. Si no me creen, vean la frustración del ex arquero Peter Schmeichel después de que Kasper Schmeichel, su hijo y el arquero de Dinamarca, tapó tres penales pero no logró llevar a su equipo a cuartos de final.

Hoy Gabriel Jesús, de 21 años, admite que el 9 de su camiseta sí pesa. Menos, eso sí, que el 10 de Leo Messi, de 30 años.

Hubo una época en que odiaba el fútbol. Por rebeldía. Porque tuve un accidente que me prohibió jugar desde que tenía 13. Después volví, porque me enamoré de un futbolista, pero terminé odiando el fútbol otra vez. Gracias a que entendí que mi relación con este deporte va más allá de lo personal, la hora y media de entrenamiento es el mejor momento de mi semana.

Lo que pasa es que es más que un deporte. Es la vida. Es la emoción de meter un gol, a pesar de que realmente, realmente, no signifique nada.

El fútbol es Ronaldo contra España. Él contra España. Sus tres goles. Lo imposible.