[FICCIÓN]

José, vaya nombre común el que me tocó. Solo en Quito debemos ser miles. Soy una persona que pasa inadvertida la mayor parte del tiempo. La monotonía: levantarme, desayunar, bañarme, vestirme, ir a trabajar, regresar a casa y dormir.

He trabajado de cajero en un banco por más de cinco años, realmente es aburrido y aparte de eso es toda una joda tener que ser puteado todo los días por los clientes. En realidad, no es mi culpa que llenen los cheques mal o que estén en la cola incorrecta.

La verdad es que estoy harto de ser uno más del montón, alguien que no sobresale por nada, alguien que jamás es tomado en cuenta; estoy mamado de tener que ver cómo los gerentes del banco se cagan en plata y yo pago las cuentas con una miseria, pero hoy será el último día de eso.

Andrés, Carlos (mis amigos de toda la vida) y yo tenemos un plan. Ayer nos reunimos con algunas personas de la policía, unos que conocimos aquella vez tomando por la zona, ellos están dispuestos a ayudarnos a robarle toda la plata a ese maldito banco; solo tendremos que darles la mitad.

Es un plan simple, mañana es quince de Enero; eso quiere decir que toda la plata está depositada y lista para ser retirada. Yo sé que el Henry, guardia del banco, siempre llega por lo menos diez minutos tarde; el Jaime ya cansado por la noche nunca espera la llegada del Henry. Entonces a eso de las siete y tres minutos nadie estará cuidando el banco; generalmente a esa hora solo somos Karen y yo. Allí, en ese preciso instante, Andrés y Carlos deben entrar y robar todo; tienen aproximadamente cuatro minutos para hacerlo. Después salen corriendo, entran a La Carolina y por atrás del CCI va a estar el carro de los policías esperándoles. En ese carro si ya se escapan a donde sea, nadie va a sospechar.

Ha llegado el día, son las cinco y cincuenta. Me preparo. Son las seis y treinta, salgo para el banco. Llego a las seis y cuarenta y nueve, el Jaime sigue aquí. Llega la Karen, el Jaime toma sus cosas, se despide y se va; miro mi reloj , 7 AM. Llegan algunas personas a sacar sus quincenas, la cola es de cuatro.

Pasan siete minutos y llegan, comienza el alboroto.

¡Todos al suelo carajo!- grita Andrés y apunta a todos lados con una pistola.

En eso el Carlos se acerca a mí y me grita: ¡Saca todo chucha, este rato!

Comienzo a sacar la plata, en eso el Andrés pasa a la ventanilla de la Karen.

Miro en un despiste al computador y son las siete y diez. Diviso al Henry entrando por la puerta. Él activa el alarma y les apunta a los que están usando pasa montañas, ellos se quedan inmóviles, quizá porque las armas que conseguimos están sin balas. Todo está perdido.

Llegan dos patrullas. Los policías les sacan esposados. El gerente llega apurado y decide cerrar el banco para hacer un inventario. Solo los auditores tendrán acceso al dinero de las cajas para contarlo. A Karen y  mí nos dan el día libre.

Salgo desesperado, tomo un taxi y pido que me lleve a la Japón. Me bajo y voy directo a hablar con los policías que están ahí esperando.

¡Nos cacharon mierda! ¡Nos cacharon! – digo desesperado.

Me piden que me calme y que les explique bien lo que paso; me escuchan.

Tranquilo ñaño; si no saben que nosotros estamos involucrados, nosotros fresco- dice uno de los dos.

¡¿Como mierda vas a decir eso. Se llevaron al Andrés y al Carlos y vos me dices que me calme y me haga el loco?! –grito sin poder calmarme.

Les amenazo; les digo que si no me ayudan a sacarlos, los delataré. Me doy la vuelta y entro a la Carolina. Doy algunos pasos más y solo siento un golpe de tolete.

Despierto, la nada. Recuerdo poco, aún inconsciente. No escucho nada afuera, ni siquiera el tráfico. No puedo moverme. Alguien se acerca, no puedo respirar…